Unos ojos que miran al mundo con ternura

Un carisma implica una sensibilidad especial ante determinadas necesidades que, miradas con amor, se escuchan como llamadas de Dios. No basta compadecerse del sufrimiento humano, hay que actuar. Dolores Sopeña vio lo que, entonces, pocos veían: un mundo fragmentado, personas cuyos derechos eran conculcados, hombres y mujeres que no conocían el rostro amable de Dios. Por eso nosotras somos llamadas a construir frater-nidad; a trabajar por la dignidad de la persona, por su promoción integral; a dar a conocer a Dios a un mundo espiritualmente huérfano. Nuestro modo de mirar, de percibir, de leer e interpretar la realidad determina nuestras reacciones y respuestas.
No todos nos fijamos en los mismos detalles: hay parcelas de la realidad que nos pasan desapercibidas; pero hay otras, que nos llaman la atención.
Un carisma implica un modo de mirar, una sensibilidad especial ante determinadas necesidades y carencias que, miradas con los ojos de Dios, son percibidas como llamadas suyas a intervenir en dicha situación.
¿Qué vio Dolores Sopeña? ¿Qué realidades y necesidades la impactaron? ¿Qué sensibilidad espiritual es la propia de nuestro carisma? ¿Qué respuestas brotan de esta mirada?
Ella vio lo que, entonces, muy pocos veían. Fue sensible a determinados “vacíos”, a sectores y necesidades que no estaban atendidos porque ni siquiera eran percibidos. 
Vio un mundo fragmentado, divido en clases socialmente distantes, incluso antagónicas. Y allí donde Karl Marx presentó como solución la «lucha de clases», ella propuso: «Hacer de todos una familia.» Su llamada es a crear fraternidad, a favorecer la integración allí donde reina la división, la exclusión social; a hacer hermanos donde los demás son percibidos como enemigos o simplemente como desconocidos. Y concibe a la Catequista como un puente, como un nudo que acerque y una dos cabos sueltos, separados.
Vio personas a quienes sus derechos les eran conculcados, cuya dignidad estaba pisoteada al no ser tratados como seres humanos. Y en esos rostros desfigurados, aparecían con claridad ante ella los rostros de hijos e hijas de Dios a quienes la educación les había sido negada y que vivían en condiciones infrahumanas. Por eso siente la llamada a dignificar, a trabajar en la promoción integral de las personas y familias de los sectores más desfavorecidos y marginales de la sociedad que estaban poco atendidos.
Vio que para muchos, Dios era un total desconocido y que no había nadie que les descubriera ese rostro amable, esa presencia amorosa en su vida, ese Padre que los quiere. Y se siente enviada a dar a conocer a Dios a aquellos que no le conocen, que nunca han oído hablar de Él o que tienen su imagen totalmente desfigurada.
Por eso hoy, nos sentimos llamadas a responder a necesidades no cubiertas por no descubiertas; a crear fraternidad; a trabajar por la dignidad de la persona, por su promoción integral; a dar a conocer a Dios a un mundo espiritualmente huérfano.
 
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